viernes, 12 de abril de 2019

Postales de guerra (memoria del arboricidio)

Cae la tarde. El cielo se ha nublado. En la vereda del Centro de Salud "Zenón Santillán", muchas almas hacen cola para el colectivo que las lleva de vuelta a los suburbios o al centro mismo de la indiferencia. Dentro del hospital donde hace unos años murió mi madre, otras almas han de estar decidiendo qué viaje emprender y con quiénes. Entre ellas, algunas que no hablan ni caminan, que nunca hablaron ni caminaron, no por alguna invalidez sino por su naturaleza de árboles. Sus cuerpos muestran los muñones de la enésima "poda", decidida hace dos meses, en pleno verano de 40º por vaya a saber qué autoridad competente, a partir de vaya a saber qué criterio.
No hay una guerra formalmente declarada, pero en el hospital que es orgullo del sistema de salud pública, sus víctimas, los amputados, se exhiben desnudos y dolientes sin que nadie se conduela ni tan siquiera se estremezca. Los brazos tronchados miran ciegos hacia las nubes, preguntándoles en silencio por la visita del agua. A media cuadra de ellos, otros miembros recién cortados yacen en el suelo, entre un charco de follaje: hoy, jueves 11 de abril de 2019, alguien hachó otro árbol del predio del hospital, esta vez el de la esquina de avenida Avellaneda y Santa Fe.
Se sabe que a pocas cuadras, en el centro mismo de la ciudad, la postal se repite, con otros rostros de madera y su similar mueca de dolor. A su alrededor también pasan los rostros resecos de los transeúntes, con bolsas, portafolios y mochilas que cuelgan de los muñones de sus almas.
No hay parte de guerra. Ni bitácora de conquistador. Ni apenas expediente de funcionario público. Sólo hay otra víctima de una larga cacería donde el cazador apunta reiteradamente contra su propio corazón, sin saberlo. Ese corazón que los árboles auxilian y oxigenan todos los días de su vida, sin caminar, sin hablar, al menos no en la lengua del cazador.

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